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La Caldera de Taburiente (Isla de La Palma, Canarias)

La Caldera empezó a edificarse mucho antes de que los humanos existiéramos como especie. Pero la historia escrita del Parque Nacional comienza sólo hace seis siglos, con el sometimiento de La Palma por los conquistadores castellanos.

En 1492, el adelantado Alonso Fernández de Lugo desembarcó con éxito en la playa de Tazacorte y sometió, no sin sufrir un importante número de bajas, la mayor parte de la isla. Sólo en el cantón de Aceró (topónimo prehispánico de La Caldera , que en lengua aborigen quiere decir "lugar fuerte e invulnerable") el mencey Tanausú consiguió detener durante un tiempo el avance de los conquistadores castellanos. Frustrado en su avance, Fernández de Lugo recurrió a una falsa oferta de tregua para hacer salir a Tanausú de sus dominios. Tan pronto hubo abandonado su refugio, el adelantado incumplió su promesa, atacó a los auaritas y capturó a su líder en el Paso de Adamancasis (cerca de la actual zona recreativa de El Riachuelo). Al parecer el jefe aborigen se dejó morir de hambre en el barco que lo llevaba capturado hacia la Península. En la actualidad, sólo los abundantes petroglifos dan fe de la presencia en La Caldera de este aguerrido pueblo de pastores.

En agradecimiento al papel de Fernández de Lugo en la conquista de la isla, los Reyes Católicos otorgaron a su familia el derecho a repartir las tierras del actual Parque Nacional, así como las abundantes aguas que manaban de su interior. La propiedad de las tierras gestionadas por el parque fue sucesivamente pasando hasta su actual titularidad por parte del Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte, una comunidad de regantes en la que participan algo menos de 2.000 socios.

En 1954, a instancias de un grupo de artistas e intelectuales de la isla, se decreta la clasificación de La Caldera como Parque Nacional. En 1981, una ley posterior estableció una importante ampliación hasta su superficie actual, que comprende 4.690 hectáreas y una zona periférica de protección de 5956 hectáreas.

Ni siquiera en pleno siglo XXI se ponen de acuerdo los científicos en el origen de La Caldera de Taburiente. Después de mucho discutir, sólo hay una cosa segura: todo lo que vemos es producto de la lucha antagónica entre estos dos elementos.

Aunque su origen fue discutido apasionadamente durante siglos (llegó a hablarse incluso de la explosión de un gigantesco volcán), hoy parece claro que La Caldera es el producto de una milenaria y paciente labor de desgaste, llevada a cabo por el agua.r> La Caldera está rodeada por algunas de las mayores elevaciones de la isla, con el techo en el Roque de los Muchachos (2.426 metros). El Pico de la Cruz (2.351 metros), el Pico de la Nieve (2.232 metros) y el solitario Bejenado (1.854 metros) son otras de las alturas más reseñables del Parque Nacional. Todos ellos son el recordatorio de la relativa juventud de una isla con apenas 3 millones de años de existencia. De hecho, aunque en su parte exterior los desniveles son algo más moderados, dentro del Parque Nacional pueden contemplarse paredes casi verticales de unos 800 metros de altura, con desniveles totales que llegan a superar los 2.000 metros. r> La actividad erosiva del agua, que como hemos visto está en el mismo origen de La Caldera, ha creado numerosos barrancos tanto dentro como en los alrededores del Parque Nacional. El más importante de ellos es el Barranco de las Angustias, que desemboca en el Puerto de Tazacorte tras unos ocho kilómetros de recorrido. Su fuerza erosiva es de tal calibre que podríamos decir que ha conseguido escarbar la isla hasta los huesos: en algunas partes de su cauce pueden observarse las lavas almohadilladas que forman parte de su antiquísimo complejo basal. Bombas de Agua, Almendro Amargo, Ribanseras, Verduras de Alfonso y por supuesto Taburiente son algunos de los barrancos interiores de La Caldera. En el exterior, el agua ha formado también una red de sobrecogedores cauces radiales, que abarcan todo el norte de la isla. De oeste a este, y en el sentido de las agujas del reloj, podríamos mencionar Los Gomeros, Garome, San Mauro, Briestas, Barranco del Cedro, Franceses, Gallegos, San Juan, La Galga, Nogales, Barranco Seco, Barranco de la Madera y Barranco Hondo.

Por último, debemos mencionar la existencia de los llamados roques (estructuras verticales que, por la extrema dureza de su composición han resistido la acción de las fuerzas erosivas). Ejemplos de esta formación geológica pueden contemplarse en lugares como Roque Huso, Roque Salvaje, Roque de la Brevera Macha o Roque de la Fondada. Pero el más significativo, y probablemente el más fotografiado, es sin duda el Roque Idafe. Observable desde la ruta de salida por el Barranco de las Angustias, cuentan las crónicas del fraile Abreu y Galindo (siglo XVI) que los aborígenes lo tenían por un lugar sagrado y vivían en el temor permanente ante su posible derrumbe, que consideraban el peor de los presagios.

n La Caldera se han contabilizado casi un centenar de especies de plantas, de las cuales tres no viven en ningún otro lugar del planeta. Semejante diversidad biológica es posible por los acusados contrastes orográficos del Parque, en el que conviven ecosistemas muy distintos entre sí.

Los bosques de pino canario ( Pinus canariensis ) ocupan la mayor parte del Parque Nacional. Ningún otro árbol puede competir con este superviviente nato, capaz de rebrotar inmediatamente después de un incendio forestal. Las acículas del pino, que en La Palma reciben el nombre de pinillo, enrarecen el suelo para evitar la competencia de otras especies. Tan sólo algunas plantas como el amagante (una especie de jara) y el corazoncillo, al que también favorece el fuego, han logrado coexistir bajo su sombra.

Otra segunda comunidad vegetal de interés es la constituido por la flora rupícola (es decir, la especializada en vivir en paredes y roquedos). En las paredes más inhóspitas de La Caldera viven especies como los abundantes bejeques. El incendiario Aeonium nobile o bejeque rojo, es con toda seguridad el más espectacular. Tan sólo florece una vez, inmediatamente antes de morir, pero lo hace de forma exuberante. Los lechugones, que se desprenden de las hojas sobrantes cuando del color aprieta, son otros peculiares representantes de este grupo.

Finalmente, destacaremos las especies pertenecientes a alta montaña, que constituyen uno de los tesoros más apreciados de la flora de La Caldera. De hecho, La Palma es, junto Tenerife, la única isla canaria en la que podemos observar este tipo de plantas. Un ejemplo extremo de su rareza es el Helianthemum cirae, una planta descubierta en 1992 y que tiene en La Caldera su única población del planeta. Bastante más común es el cedro, único árbol capaz de soportar la radiación y las temperaturas extremas. Lo veremos agarrado a los riscos, formando volutas imposibles c

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