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Interminables playas de arenas rosadas, palmerales que bordean la línea de mar, aguas azul turquesa, cientos de islotes luminosos y deshabitados. Las Bahamas sintetizan todo lo que el ser humano asocia a la imagen del paraíso terrenal.

Y en cierta forma lo es. Con más de 700 islas e islotes distribuidas como un arco entre el Mar Caribe y la península de Florida, las islas de “bajamar” se han convertido actualmente en uno de los principales destinos de sol y playa del área caribeña, además de ser el escenario favorito del agente 007, que ha regresado para rodar allí su última película.

Hay lugares que su nombre ya está unido a la idea de paraiso. Como el de Bahamas. Uno iría a Bahamas totalmente a ciegas, sin consultar guía ni folleto alguno, convencido de que detrás de esas siete letras de rítmica sonoridad sólo pueden esconderse promesas de arenas blancas y cegadoras, templadas aguas azules y corales multicolores rodeando un atolón perdido del Caribe. Y lo mejor de todo es que este guión se ajusta bastante a la realidad, aunque ni Bahamas sea una isla ni esté geográficamente en el Caribe.

En realidad, las Bahamas son un archipiélago de más de 700 islas, islotes y cayos –algunos no más grandes que una cancha de baloncesto, otros estrechos y alargados como un látigo de arena– que se extienden en forma de arco por el Mar de las Antillas, con un extremo apoyado en la costa norteamericana de Florida y el otro en el norte de Cuba y Haití.

Los primeros galeones españoles que exploraban el Nuevo Mundo frecuentaron estas aguas someras y cristalinas y las llamaron “Islas de Bajamar”. Muchos años después, tras el desinterés de los castellanos por estas tierras en las que no había oro ni otras riquezas que resultaran fáciles de extraer, las islas cayeron en manos británicas. La manifiesta incapacidad de los sajones para pronunciar el sonido de la jota española acabó convirtiendo el topónimo en lo que actualmente conocemos como Bahamas.

Dotadas de innumerables playas de arenas rosadas y blancas, bendecidas por unas aguas cristalinas ideales para la práctica del buceo y la navegación y con unos paisajes casi perfectos de cocoteros y barras arenosas, las Bahamas se han convertido desde su independencia en el año 1973 en unos de los destinos vacacionales más famosos para el mercado norteamericano. Una especialización que se nota nada más aterrizar en Nassau, la capital del archipiélago. Recientemente las islas han vuelto a la actualidad de la mano de James Bond , sirviendo de escenario para la última película de 007 (Casino Royale, protagonizada por Daniel Craig), que ya rodó allí escenas de Operación Trueno y Nunca digas nunca jamás . Con bastante probabilidad, cuando el viajero llegue al hotel seleccionado se encontrará con frisos clásicos, estatuas griegas, columnas jónicas y corintias, deidades del Olimpo o con una exquisita ambientación asiática o polinésica. Cruzado el umbral de la recepción, se desplegará ante él un mundo de lujo y boato, aderezado con una atención cuidada al máximo por docenas de sirvientes que parecen escondidos en cada una de las esquinas del establecimiento para saludarle al paso o atenderle en cualquier necesidad.

El hotel más pequeño de la isla cuenta con varios cientos de habitaciones, siempre atiborradas de detalles: equipo musical, bañera de hidromasaje, camas con dosel... y la sensación de que basta descolgar el teléfono y pedir para que tu deseo se convierta en una realidad. Es el gusto de las vacaciones cortas pero a cuerpo de rey, un concepto muy del estilo USA , en el que Bahamas es una potencia mundial.

La mayoría de los hoteles funciona además con el sistema de todo incluido. Y en Bahamas cuando dicen “todo incluido” se refieren literalmente a todo: los daiquiris en el bar de la piscina, los aperitivos en el acogedor chiringuito de la playa, la langosta y el vino de Burdeos en el restaurante francés o cualquier cosa que se le ocurra pedir en el resto de restaurantes étnicos repartidos por el perímetro hotelero, tan grande que a menudo es necesario el uso de carritos eléctricos de golf para desplazarse. También, por supuesto, están contemplados en el precio toda clase de pasatiempos playeros: catamaranes, iniciación al buceo, patinetes, clases de vela..., amén de la sala de spa y un gimnasio equipado con las últimas tecnologías.

La capital de los bucanerosr> La puerta de entrada al archipiélago de las Bahamas para una buena parte de los visitantes es Nassau, la capital, que se levanta al abrigo de una bahía natural bien resguardada en la isla de New Providence. A pesar de su reducido tamaño, apenas 30 kilómetros de largo por 10 kilómetros de ancho, New Providence alberga dos terceras partes de la población total de Bahamas (unos 300.000 habitantes) y una considerable parte de su tráfico mercante.

Antiguo refugio de piratas y un puerto crucial en la ruta de los galeones que atravesaban el Océano Atlántico, Nassau es hoy una ciudad colorida, bulliciosa y ambigua. Hay barrios donde se respira todavía ese ambiente sórdido y casi bucanero de aquellos años en que los temidos piratas al servicio de la corona británica instauraron en esta rada la República de los Corsarios, donde la única ley era precisamente la ausencia de ley y de gobierno. Otras zonas de la ciudad, sin embargo, exhiben hermosos edificios coloniales del siglo XVIII, construidos en su mayoría por familias lealistas que huyeron del continente americano junto con sus esclavos durante la Guerra de Independencia que libraron las colonias americanas contra la metrópoli londinense. Es el caso de West y East Hill Street, dos calles a las que se asoman excelentes ejemplos de arquitectura colonial, como la casa Jacaranda, en el cruce de East Hill con Parlament Street, en la que residió el duque de Windsor, quien, tras abdicar del trono británico para casarse con la americana Wallis Simpson, fue enviado por el gobierno de Londres a las Bahamas en el año 1940 como gobernador del archipiélago. Muy colonial también es Queen Street, donde destaca la Devonshire House.

Casi nadie se va de Nassau sin dar una vuelta por el Straw Market, el mayor mercado de artesanías y recuerdos de una ciudad que destina gran parte de su superficie al mercadeo de todo tipo de objetos para los turistas y que, en ocasiones y a la vista de algunos pre- cios, parece que no haya olvidado su pasado bucanero. En Straw Market se pueden encontrar las diferentes artesanías del archipiélago, pero también camisetas, joyas, muebles y todo tipo de recuerdos.

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